Un golpe de realidad con mi Esclerosis Múltiple

Me caí sin poderlo remediar en pleno brote duradero.

Me pasó en las instalaciones exteriores de un rocódromo en mi ciudad, Alcobendas, celebrando el cumpleaños de mi hijo de 6 años.

Los 17 amigos jugaban al fútbol mientras esperaban su turno para entrar a escalar. Un lanzamiento desvió la pelota fuera del recinto hasta un terreno vallado. Sin dudarlo, salí a recuperar el balón en compañía de mi Pequeño.

Los niños me gritaban: -¡Hay puerta!. Yo no comprobé si estaba abierta, tenía claro que la forma más rápida era saltar la valla, nada complicado para mi. Levanté mi pierna derecha y me agarré a los barrotes con mis dos manos, fácil. Al intentar subir la pierna izquierda, mi mano derecha no mantuvo mi peso, aunque mi cerebro mandara la orden de agarrarse fuertemente.  Mi mano izquierda tampoco reaccionó, al igual que mi pierna derecha. Acabé perdiendo el equilibrio.

En décimas de segundo, pensé muchas cosas, entre ellas:

  1. No soy capaz de sujetarme con mi mano derecha. Se soltó.

  2. No tengo fuerza en la mano izquierda… ¡Ay Dios! Se soltó.

  3. A ver si soy capaz de hacer fuerza con mis piernas, pero… tampoco lo consigo. Me caí.

  4. Intento apoyarme en el suelo con la pierna izquierda para caer de pie, sin éxito. ¡Caí de espaldas y sin colchoneta!

  5. Cuando noto mi espalda en el suelo, seguido de un golpe seco en mi cabeza y la mirada fija en el cielo, me doy cuenta que es una realidad, me caí.

  6. ¿Cómo es posible? ¡Una valla! Créeme, he saltado muchas vallas, empecé en una pista de atletismo siendo alevín. También las del colegio, las del instituto, las de una casa abandonada para jugar a pistoleros, las de una finca con frutales para coger melocotones, cerezas e higos y merendar tan ricamente en mi querido pueblo los veranos. Una pena. De verdad, siempre he sido buena deportista.

A todo esto, mi Pequeño no sabía si reír o llorar. ¿Sabes que dijo? Pues un… «¡Pobre mami! ¿Estás bien?» E intentó levantar mi agarrotado cuerpo que había caído como una piedra, que triste me sentí, no por lo que vio mi Pequeño, sino por lo que ya no era capaz de hacer.

Unas señoras con sus dos hijos intentaron ayudarme, y aunque, yo decía que estaba bien, en el fondo, lo que tenía ganas de decir era: “Tengo Esclerosis Múltiple y mi cuerpo me ha fallado, forcé la máquina, pero estoy bien”

Cuando conseguí levantar mi entumecido cuerpo y alma, miré la valla de forma desafiante para volverlo a intentar, pero desvié la mirada a mi Pequeño, luego a mis pies y piernas, a las palmas de mis manos y, finalmente, miré a las señoras que habían visto el pedazo de golpe que me había dado y pensé: Esther, no puedes, hoy no puedes insistir, ve a por tu marido y pide ayuda y, por favor, no llores.

Mi chico acudió a mi petición, puede que algo preocupado, creo que mi cara me delató. Regresó con el balón en la mano y con una mirada de extrañado me dijo: “Esther, la puerta está abierta, no hay que saltar”

Conclusión

De este golpe de realidad, aprendí dos cosas nuevas:

  1. Saber que tengo que aprender de nuevo mis límites.

  2. Hay que pedir ayuda a quien pueda, sin excepción.

¿Tu Amiga EM afecta a tus movimientos?

Un abrazo fuerte y ¡Hasta pronto!

E.M.

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